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eduardo lucio molina y vedia, argentina

Diásporas

 

(El librero  Santiago Fischbein)  era  más

bien  obeso; recuerdo menos sus facciones  que  nuestros largos diálogos.  Firme  y  tranquilo,  solía  condenar el sionismo, que  haría  del  judío un  hombre común,  atado,  como  todos los otros, a una  sola  tradición y  un solo  país,  sin  las complejidades y discordias que ahora lo enriquecen.

                   Jorge Luis Borges

Desde siempre, signada por un destino que sólo dolorosamente descubrí después aleatorio, resulté extranjera en un mundo ajeno y hostil. Me recluía en la puertapersiana del patio, refugiada en mi pequeño ámbito, familiar y protector, confirmando en las breves distancias de sus hojas articuladas los resguardos de mi soledad. Ni asomaba mi mirada por las celosías, para no ampliar ese reducto a veces triangular, otras trapezoidal, ese íntimo territorio de geometría variable que me amparaba del cuéntenic, de mi historia, de lo que luego supe que era Europa, la guerra. Me hacía diminuta en ese rincón del patio como si no existiera, como reduciéndome a un mínimo perdonable de existencia. Y mis cuatro, cinco, seis años desguarnecidos, remontaban un horizonte de hornos crematorios, bombardeos y arreos humanos por los pueblos y campos de Polonia.

     El calorcito de las paredes en la media mañana invernal me arrebujaba bajo el sol mortecino mientras Daniel narraba incesante, con derroche de diálogos y detalles, las últimas novedades recogidas de puerta en puerta, desde Villa Crespo hasta el Once, hasta ese conventillo alineado de corredores donde mi padre cosía montañas de bolsas y carteras.

     Y eran  -entre las ruinas de la catástrofe- el mantel de hilo para la mesa de la sala o el juego de té para el casamiento de la hija de la paisana, o las mil chucherías brillantes e inútiles que justificaban ese sórdido mester de pregonero, mezclados en su prosaísmo a los relatos entrecortados de sitio y muerte. Retazos de últimos momentos de existencias acosadas, jirones de humanidad deshecha, cascadas de tenues (cada vez más tenues) posibilidades de supervivencia, lacerantes certidumbres, mezquindad gradual de parentescos y amistades afluentes y subafluentes, restos de un pueblo caudaloso en trance tribal de aniquilamiento.

 

Que a la sobrina de Samuel la vieron por última vez en la estación de ferrocarril (sola, con un bulto de ropa)...que Martín, el hijo mayor de los Cohen, se lo llevaron en un camión repleto de muchachos...que al viejo Aarón parece que se lo hubiera tragado la tierra, porque nada se sabe de él desde hace un año...

 

     Una letanía de tragedias enhebrada en las mañanas soleadas de los barrios judíos de Buenos Aires, un coro de lamentaciones infinito rebrotando junto al Río de la Plata en mis grandes ojos hambrientos de luz, en mis escuálidos bracitos, el torrente dramático de la diáspora inmemorial repitiéndose en mi esqueleto nervioso y destetado, golpe tras golpe llegado de ultramares y de ultrasiglos a mi pequeño triángulo, a mi entrañable trapezoide en un rincón del patio, caldeado por el hornito de los muros descascarados.

 

Y la sábana bordada, la frutera de peltre, las joyas de pacotilla, todo a pagar en cuotas, ya se puede empezar a usar, o si no para el regalo del domingo... 

 

     En la orgía de colores y texturas del lisérgico la música concreta irrumpía, durante aquel episodio regresivo de mi alumbramiento, como los bombardeos de saturación de la Luftwaffe. Nacer en el 39 en una familia de judíos polacos, emigrantes de los pogroms y la miseria campesina centroeuropea, ser "rusa" para el ingenuo antisemitismo porteño de las escuelas y los barrios, "criolla" en mi casa judía, pobre en una colectividad próspera, fue mi condición. Nacer, afirmar la vida, cuando borraban del mapa nuestra aldea de panaderos y marroquineros.

     Después vino Alberto, el orgullo masculino de ese clan  apegado al atraso rural. Y la promesa impuesta, la maldición, de protegerlo. Fue en una antigua escuela pétrea, de guardapolvos blancos, híbrido de cárcel y templo, con el carro agujereado del mate cocido y el pan, entre el bullicio del patio de recreo y el conversado cortejo del joven maestro de quinto con la veterana de tercer grado.

     Los sucesos de aquellos días se confunden y superponen como en un aquelarre. Albertito caído junto a los escalones del mástil, frente al portón principal, en el patio de los más chicos. Y yo, su hermana protectora, sin saber qué hacer. El traslado a casa con la ambulancia, la meningitis, la muerte, esa increíble, instalándose en mis entrañas para siempre. Días, horas, no sé. Mis padres no quisieron la autopsia y nunca supe si fue del golpe o de poliomielitis.

     En torno a la fosa abierta, con toda la familia y los paisanos alrededor, en esos entierros judíos tan dolorosos y desgarradores, de corporalidad sufriente, mi madre, Bertha Guber, nacida y criada en la aldea polaca de Zyulkievka, literalmente borrada de la faz de la tierra por los nazis, mimetizó los gestos rituales del aniquilamiento y lanzó su anatema sobre mí. En su yidish aldeano me hizo públicamente responsable, deseó una sustitución de muertes que su ataque tornó simbólico, maldijo la maldición de mi promesa impuesta, el día para mí también aciago en que nací. Mi hermano Simón, rápidamente aporteñado en los billares del bar El Cóndor, de Corrientes y Medrano, me llevó lejos de ese inconcebible hoyo de mi vida.

     Los meses que siguieron busqué a Albertito por las calles de mi barrio, como si la muerte fuera un hecho provisorio, reversible, hasta que me asombraron los ojos azorados de mis vecinos cuando les preguntaba si había pasado por ahí.

     Escenas sueltas emergen de aquellos años. Mi convalecencia en La Serranita, junto al río Aní-Sacate, con mi hermana Rebeca, las cartas de mi maestra Leticia con los deberes para que no perdiera el año, cuando tuvieron que llevarme a ese pueblito cordobés. Luego, una tarde, en el taller de repujado donde trabajaba mi hermano, él alzándome sobre la mesa cubierta de pieles e instrumentos para que yo cantara un tango reo entre los aplausos de la muchachada. Mi hermano saliendo de un salto de la casa para unirse a una gran muchedumbre que atravesaba la ciudad como un enorme río humano, como esas crecientes del Aní-Sacate que arrastraban a su paso árboles, vacas muertas y carretas. Simón saltando como un resorte y hundiéndose en aquella multitud, arrancándose a la voz de mi madre que gritaba: ”¡Guei nisht! ¡Zei ken dir tsezetsn dem kop!” (“¡No vayas! ¡Te pueden reventar la cabeza!”). El campamento sionista, donde nos enseñaban a librar una guerra abstracta, arrastrándonos por la maleza bajo los focos amenazantes, entre los árboles, cazando rivales desconocidos  (preparándonos para hacer con los árabes lo que los alemanes hicieron con nosotros). La secundaria y los deportes en la Quinta de Olivos: caballos, esgrima, básket. El trabajo precoz en un despacho de abogado, las fiestas, los grupos juveniles. Narciso besándome en las escalinatas griegas de la Facultad de Derecho, a la salida del concierto. Mis hijos de padre goi, un padre casi adolescente, flaco y tierno.

     Cuando el ejército nos cercaba, casa por casa, puntual y selectivamente, cuando cada vez que se escuchaba el ascensor parecía el final fatalmente esperado, y la rutina cotidiana los pasos últimos de un condenado (Argentina accedía a sus propias masacres e iniquidades, a sus escarmientos y sus humillaciones colectivas), los náufragos nos perdimos por todos los rumbos, desde Brasil hasta Canadá, desde Suecia hasta Australia, desde Inglaterra hasta México. Como en los mediodías de infancia en la judería porteña, nos seguía un cortejo espectral y fragmentos de renovados acosos. Amigos, compañeros entrañables, gente solidaria de todas las razas, edades, religiones y oficios, perseguidos como ratas por los laberintos urbanos y los pueblos apartados de provincia. De vez en cuando también llegaban las historias rotas de sus vidas devastadas, de familias enteras desaparecidas, de los cuerpos flotando en las costas, tirados en las zanjas, bajo los puentes.

     Me dicen mis amigos que no voy a ser nunca mexicana, aunque me desviva bailando el jarabe tapatío y me haya recibido de antropóloga, aunque me desespere en adaptar mi habla y mis costumbres en mi sed de  raigambre insaciable, más allá de toda realidad. Cuando me interno en la tierra colorada de la huasteca potosina al rescate de su variante maya, entre montañas y selvas misteriosas, pueblos enigmáticos me rodean en su silencio y sencillez. Ellos me dicen que soy su semejante. Afirman (contra Heráclito) que las aguas del Coy, su río cubierto por el abrazo verde de los árboles, me estuvieron esperando allí desde siempre. Ellos no se van a ir de sus raíces. Me quieren y me aceptan como a una judía errante.

Por lobitogabriel - 6 de Abril, 2006, 17:24, Categoría: cuento
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